martes, 7 de enero de 2014

Teórico 1: la Teoría Matemática de la Comunicación

En 1949 Claude Shannon, un ingeniero de la Bell Telephone da a conocer su “teoría matemática de la comunicación”, modelo cuya ambición es subsumir bajo su férula todo tipo de procesos comunicativos, ya sea entre máquinas, hombres o animales y que demuestra ser singularmente exitoso en las décadas siguientes. Shannon, como muchos de los ingenieros de la época, está particularmente interesado en construir un modelo teórico que posibilite el máximo aprovechamiento con un mínimo costo en las trasmisiones telegráficas y telefónicas. Su teoría de la comunicación, en consecuencia, es una teoría de la trasmisión. ¿Y qué se trasmite? Pues información.
El modelo de Shannon es sumamente conocido, tan es así que es lo primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en la comunicación:
esquema_shannon
El concepto de información de Shannon debe tomarse cuidadosamente, por las particularidades que le imprime, que lo desvinculan del sentido que pueda tener el mensaje. “Es sorprendente pero cierto que, desde el punto de vista actual, dos mensajes, uno muy denso en significado y otro totalmente sin sentido, pueden ser equivalentes en cuanto a información. En realidad, en esta nueva teoría la palabra información se refiere no tanto a lo que decimos como a lo que podríamos decir. O sea que la información es una medida de nuestra libertad de elección cuando seleccionamos un mensaje” (Weaver, 1984, 36).

 
¿Cómo medir la cantidad de información de un mensaje? La información depende de la cantidad de posibilidades de elección de mensajes diferentes o ‑desde otro punto de vista‑ de las posibilidades de predicción de cuál será el mensaje escogido. Supongamos un sistema de dos posibilidades, por ejemplo las dos caras de una moneda. Habiendo sólo dos alternativas posibles, tengo un 50 % de posibilidades de acierto (o de predicción). Partiendo de una situación de incertidumbre (dado que no conozco a priori si la moneda caerá sobre su cara o sobre su ceca), el mensaje emitido posee un valor de información de un bit (de binary digit o señal binaria), ya que se requiere una sola disyunción entre dos posibilidades para acceder al mensaje final.
Es fácil deducir que mientras más posibilidades de elección se tenga en la situación inicial, el mensaje contendrá un valor de información mayor, ya que será mucho más difícil predecirlo con anterioridad. Dado que cualquier elección de un elemento entre un repertorio finito puede traducirse en una serie de disyunciones binarias, la cantidad de información se medirá por bits.
Por ejemplo, para un sistema que cuenta con ocho eventualidades, las alternativas de elección son:
eleccion_sistema
Para elegir un mensaje determinado, pongamos por caso el 5, necesito realizar tres disyunciones binarias: primero entre el grupo B1 y el B2, luego entre los subgrupos C3 y C4, por último entre el mensaje 5 y el 6.
Mientras mayor sea el repertorio de mensajes posibles, mayor será la cantidad de pasos (disyunciones binarias) que separen cada elemento de la situación inicial (representada en nuestro esquema por la letra A).
Más generalmente podemos afirmar que:
i = lg2 n
en donde n es la cantidad total de elementos del repertorio e i el valor de la información contenida por cada mensaje.
Como vemos, la teoría matemática de la comunicación posibilita medir el valor informativo de cualquier mensaje en relación al esfuerzo requerido para su trasmisión, desvinculándolo de manera absoluta del sentido que pueda tener el mensaje.
Hasta ahora nos hemos manejado con un sistema extremadamente simplificado en el que suponíamos que todos los elementos del repertorio tienen iguales posibilidades de ser elegidos. Esto no es así en casi ningún caso real.
Supongamos que realizamos el control de calidad de una pieza fabricada por una máquina y encontramos que sólo una de cada 100 piezas no alcanza el estándar de calidad exigido. Si bien el sistema es de dos elementos (aprobado‑rechazado), la respuesta a la pregunta “¿Será aprobada la próxima pieza?” no contiene el mismo valor informativo que en el caso de la moneda, dado que tengo muchas más posibilidades de acierto. En concreto, un 99 % de posibilidades de acierto. No realizaremos el cálculo en cuestión. Nos contentaremos con comentar que el resultado arroja que el valor informativo promedio de un mensaje en este sistema es de 0,11 bits, o sea sólo un noveno de lo que sería en un sistema con igualdad de posibilidades de elección.
Esto nos interesa porque el lenguaje humano funciona de una manera similar. Shannon demostró que si colocamos todas las letras del alfabeto en igual cantidad en una caja y las sacamos al azar, el mensaje resultante carece de sentido, pero va cobrándolo en la medida en que respetamos las proporciones inherentes a un lenguaje determinado. Es decir que se aproxima más a tener sentido si colocamos las letras en igual proporción a cómo aparecen, por ejemplo, en el castellano; más aún si colocamos pares de letras en igual proporción a su aparición en el lenguaje real y aún mejor si los elementos colocados en la caja son palabras.
¿Qué sucede aquí? “Sencillamente se limitan las posibilidades de combinación de los elementos en juego y el número de los que constituyen el repertorio. En la situación de igualdad de probabilidades de origen se introduce un sistema de probabilidades: algunas combinaciones son posibles y otras no lo son. La información de origen disminuye y la posibilidad de trasmitir mensajes aumenta” (Eco, 1974, 61).
En otros términos estamos hablando de la incorporación de la redundancia. La redundancia es esa parte del mensaje que puede considerarse repetitiva, que no agrega nueva información y que, en principio, parece que podría suprimirse. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. Uno de los principales inconvenientes de las lenguas filosóficas a priori (aquellas que buscaban una total interpenetración entre el lenguaje y la realidad, de tal manera que la misma conformación de cada vocablo indicara claramente el significado del término) es la facilidad de confusión que comportan. Como ejemplo mencionemos que en el más conocido de estos proyectos -el del Obispo Wilkins- las palabras Deba yDeba designan al fuego y a los cometas respectivamente, por lo que se dificulta enormemente la distinción de los conceptos, tanto tipográfica como fonéticamente. Un lenguaje sin redundancia es un terreno fértil para la confusión. En términos de la teoría de la información se dice que la razón para no suprimir la redundancia es la inevitable presencia del ruido.
El ruido es un concepto que agrupa a todos los aditamentos indeseados que se agregan a la señal en el proceso de trasmisión (distorsiones de sonido, estáticas, en la forma o sombreado de la imagen, etc.). No es posible evitar de manera absoluta el ruido: “por más habilidad que se tenga en el proceso de codificación siempre habrá cierta incertidumbre indeseada acerca de cuál era el mensaje, una vez recibida la señal” (Eco, 1974, 40).
El modelo shannoniano es de una solidez notable en el campo de la ingeniería y ha sido enormemente provechoso en el desarrollo de sistemas de transmisión más eficientes. Sin embargo, es en su trasvasamiento a las ciencias sociales y al estudio de la comunicación humana -tarea emprendida entre otros por Warren Weaner y Roman Jakobson- en donde ha recibido fuertes críticas. Apuntaremos sólo algunas de ellas.
Como analizamos más arriba, ya Antonio Pasquali -aún cuando luego adhería en la práctica al modelo- planteba sus reservas respecto a la equiparación entre la comunicación entre máquinas y la comunicación humana. Umberto Eco planteó más claramente esta limitación: en la comunicación humana la señal no implica únicamente una elección estadística, sino que también está dotada de significado.
Al nivel de la máquina, estábamos todavía en el universo de la cibernética, que se ocupa de las señales. Al introducir al hombre hemos pasado al universo delsentido. Ha quedado abierto un proceso de significación, porque la señal no es únicamente una serie de unidades discretas, computadas por bits de información, sino que es también una forma significante que el destinatario humano deberá llenar con un significado.(Eco, 1974, 50-51)
En este proceso de significación el receptor tiene un rol activo: la interpretación; rol que no encuentra su lugar en la teoría matemática de la información, absolutamente centrada en el emisor. Es de acuerdo a la intención de éste que analiza la eficacia o no de la comunicación, llegando incluso Weaver a proponer la idea del “ruido semántico”, que agruparía a las distorsiones en el mensaje que produce la interpretación del receptor.
En consecuencia, el modelo informacional postula una relación de exterioridad para con los mensajes. Estos están separados de los actores y tienen autonomía respecto a ellos. Los mensajes se encuentran a disposición del hablante, como si se exhibieran en un escaparate: cualquier persona puede elegir cualquier mensaje, entre los permitidos por el código. Tan es así que ha sido caricaturizado como “la metáfora del tubo”, aludiendo a que la comunicación es vista como un tubo en el que el emisor introduce un paquete (el mensaje) en un extremo para que sea extraído en el otro extremo por el receptor.
Lo que queda fuera de este tubo y es desconocido por el modelo es justamente el contexto (en sus variadas acepciones), elemento imprescindible a la hora de entablar este proceso de significación del que hablaba Eco. ¿Por qué entonces, pese a todas estas críticas, el modelo shannoniano sigue perviviendo en la forma en que cotidianamente entendemos el lenguaje y la comunicación? Porque -como dice Alejandro Piscitelli- “esta concepción del lenguaje es ladominante y [...] se presenta como completamente natural y obvia” (Piscitelli, 1993, 37). Testimonios de esta presencia son las frase que habitualmente escuchamos (y decimos): “le di una buena idea”, “no puedo encontrar las palabras para expresar esta idea”, etc.
El problema general de este tipo de posiciones es reducir la comunicación meramente a la trasmisión de información. Es obvio que aquí la teoría matemática de la comunicación y la lingüística saussureana tendrían un amplio contacto. Tanto para una como para la otra, el sentido de un mensaje (o enunciado, o texto, o discurso, por ahora no nos detendremos en este tipo de disquisiciones) puede encontrarse dentro de los límites del mismo mensaje y es, por lo tanto, exterior a la relación social en que ese mensaje es producido.
Encontramos rápidamente, sin embargo, que la significación de un enunciado -en cualquier situación de la vida cotidiana- depende necesariamente de un conjunto de condiciones y presupuestos indisociables con la situación en concreto en donde se produce ese enunciado. Esto es lo que explica que un mismo fragmento discursivo pueda recibir una multitud de significaciones que poco o nada tienen que ver unas con las otras.
El enunciado “Hace frío”, por ejemplo, puede significar muy diversas cosas:
a.       “La temperatura es menor a 10ºC”
b.      “Cerrá la ventana”
c.       “Estoy enfermo”
d.      “Abrazame”
Y eso sin considerar las posibilidades de que constituya una contraseña previamente convenida, etc.
¿Cómo hace un hablante normal (es decir competente) para discriminar entre la multitud de posibles significados aquél que resulta “correcto”? Porque, más allá de que la interpretación, como proceso creativo, implica siempre la posibilidad de la diferencia y de la discrepancia, lo cierto es que en la generalidad de los casos resulta muy aproximada al sentido dado al locutor por su enunciado.
Es claro que el enunciado encierra ya indicaciones importantes, imprescindibles, pero no por ello suficientes. El plus de significación necesario (si se me perdona la expresión) debe buscarse, por un lado, en una ampliación de lo que entendemos por discurso. Si incluimos aquí el conjunto del acto de comunicación estaremos más cerca de dar una explicación a esta cuestión. Vemos así que el enunciado es sólo una parte del acto de comunicación, que además de lo lingüístico el enunciado es acompañado por una serie de señales de otro tipo, entre las que debemos incluir el comportamiento corporal no verbal (movimientos del cuerpo, ademanes, tratamiento del espacio), los aspectos no lingüísticos del habla (entonación o paralingüística); pero además que un acto de comunicación supone un contexto que lo contiene (que es aludido o indicado, que complementa, reafirma o contradice lo dicho). Y aún más allá: lo que se dice sólo es entendido en su relación con lo que es mostrado. O, en los términos de Bourdieu: un discurso casi nunca se produce sólo para ser conocido, sino más bien para ser reconocido.
En todo esto resulta que dotar de significado a un acto de comunicación implica contextualizarlo en una situación concreta, en el ámbito de un entrecruzamiento de reglas y saberes compartidos por los interactuantes y que exceden en mucho al mero código lingüístico.
Que los intercambios comunicativos responden a reglas es algo que reiteraremos a lo largo de este texto. Pero estas reglas tienen dos características que las distinguen: la primera es su carácter no necesariamente prescriptivo, aunque puedan serlo. Las reglas de la comunicación y de la interacción son reglas que deben cumplirse so pena de incurrir en incorrecciones castigadas al menos con el descrédito del individuo en su pretensión de comunicante/interactuante competente. Pero cuando son transgredidas no necesariamente se debe a incompetencia, ya que estas reglas son en general parámetros interpretativos. Infringirlas puede ser la operación requerida para decir más o decir otra cosa.
La segunda característica es que, en algún sentido, estas reglas escapan al dominio de nuestra conciencia. Tampoco debe entenderse que se localizan en alguna región inconsciente. Es mejor considerar la noción de Giddens de conciencia práctica: ese acervo de conocimientos (aprendidos por lo tanto, fruto de la socialización en una determinada cultura) que no resulta fácil poner en palabras, porque su aprendizaje no se da mediado por el lenguaje, sino a partir de las rutinas de la interacción.
No es imposible poner en palabras estas reglas comunicacionales. Si lo fuera, este texto sería un intento vano y más bien estúpido, a menos que nos adentráramos en los terrenos del psicoanálisis y por lo tanto necesariamente de lo metafórico. Es posible, pero no fácil ni inmediato, al menos para el hablante normal. Se necesita, como veremos, pasar a un nivel meta.

Notas

El esquema siguiente está adaptado de Eco, 1974.
El ejemplo ha sido extractado de Rapaport, 1984, en donde también se desarrolla el cálculo conducente a estimar el valor de información de un mensaje promedio en este sistema.
Para una reseña de los proyectos de lenguas filosóficas a priori, así como otras propuestas europeas de lenguas perfectas véase el interesantísimo libro de Umberto Eco (1994).
cf. el artículo ya citado de Weaver y el clásico “Lingüística y poética”, de Jakobson (1981).

Referencias

Eco, Umberto (1974) La estructura ausente: introducción a la semiótica, Barcelona, Lumen.
Eco, Umberto (1994) La búsqueda de la lengua perfecta en la cultura europea, Barcelona, Crítica.
Jakobson, Roman [1960] “Lingüística y poética” en Ensayos de lingüística general, Barcelona, Seix Barral, 1981.
Piscitelli, Alejandro (1993) Ciencia en movimiento: la construcción social de los hechos científicos, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.
Rapoport, Anatol [1966] “¿Qué es la información?” en Smith, A. op. cit.
Weaver, Warren [1966] “La matemática de la comunicación” en Smith, A. (comp.) Comunicación y cultura, Buenos Aires, Nueva Visión, 1984.

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